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Escúchalo mientras caminas!

Cuando piensas en la ley del mínimo esfuerzo, enseguida traes una connotación negativa al asunto. Tu madre diciéndote “No hacés nada! Sos un zángano” aplica en este caso y tiene gran peso para ti como hijo.

El ser humano por más trabajador que parezca por momentos, tiende a administrar sus energías de la manera más eficiente posible.

Cuando caminas en el parque, charlas con alguien o ejerces una labor, tu cerebro se encarga de determinar, junto con tu estado general en ese momento, de otorgar o guardar energía acorde a la actividad.

Sería demasiado estrecho pensarlo como una entidad que trabaja por sí sola y decide por nosotros, por supuesto. Se trata de una relación conjunta que sirve de sustento para lo que sea que hagamos.

Situación:

Entras a una reunión en la que hay gente desconocida y te pones a hablar con alguien. Se presentan mutuamente y se preguntan de qué trabajan.
Empiezas tú con tus términos familiares a vincular las actividades con lo que estás haciendo en ese momento y defines tu trabajo a tu manera. La persona asiente mientras lo hablas y cuando terminas, pareciera haberlo entendido.

La otra persona empieza a describir su actividad con palabras específicas, conexiones entre conceptos que no sabes ni siquiera que existían y se crea una especie de espacio entre lo que dice y lo que realmente interpretas. El esfuerzo que demanda comprender estos conceptos mientras tienes a la persona delante es enorme.

Empiezas a asentir con la cabeza pero sales de la situación confundida como queriendo escapar.

Ocurre lo mismo que el tipo de demanda del comienzo de una actividad nueva. La nuevas conexiones consumen energía y si no estamos permeables a ello simplemente no lo haremos.

Pero bueno, hasta ahora parece que está todo mal con el mínimo esfuerzo, que no sirve para nada!

Ahora viene lo bueno.

Hacer lo mínimo es un arte.

Necesitas jugar para hacer lo mínimo. Debes tomártelo a la ligera para encarnar este punto en donde lo que necesitas, lo que debes hacer y lo que quieres se unen para conformar algo valioso.

Ahora bien, necesito que esto se entienda de una manera clara.

La ley del menor esfuerzo es inteligencia, no es mediocridad.

Tener la capacidad de decidir, suprimir y editar aspectos de algo a resolver es mucho más complejo que solamente ponerse a hacerlo.

El menor esfuerzo tiene que ver con reducir fricciones, generar la intensidad de esfuerzo adecuada y crear con fluidez. Tiene que ver con limar asperezas y nutrir prioridades.

La ley del menor esfuerzo es trabajo eficiente, el trabajo por sí solo es derroche de energía.

Por ejemplo, necesitamos cortar el pasto.

Para ello tenemos una máquina con la que nos lleva unas horas realizarlo y tenemos también la posibilidad de pagarle a alguien para que lo haga.

¿Cuál es la opción más eficiente?

1. Lo mínimo está alineado con nuestras prioridades.

La opción más eficiente es la que está alineada con nuestras prioridades.

Si tenemos una hernia y podemos hacer poco trabajo manual, entonces pagarle a alguien será la más adecuada.

Si estamos sanos, pero nos interesa ahorrar tiempo porque preferimos usarlo para otra cosa, entonces llamar a un jardinero será lo más adecuado.

Si no nos sobra la plata y nos cuesta darle ese dinero a alguien, cortarlo nosotros será la opción.

Este tipo de decisiones pueden ocurrir en cualquier ámbito sobre cualquier circunstancia.

En la ley del menor esfuerzo, el trabajo no viene desde el costado más obvio, el de realizar un esfuerzo y trabajar simplemente. Viene desde allanar el camino para que este no tenga pozos y puedas llegar a destino con la menor turbulencia posible.

Pero hay algo que hacer sin pensar y editar tienen en común: ambos necesitan del hacer.

2. Hacer lo mínimo incluye frenar

Cuando estás haciendo, haciendo y haciendo, empiezas con una suerte de bucle interminable que solo se detiene cuando te das cuenta que has perdido la mitad del día en temas que no importaban.

Incluso cuando estás en un área que te interesa es necesario detener la máquina, pensar en lo que estás haciendo, concientizar tu estado actual y continuar en caso de que sea necesario. Frenar para pensar es un hábito que no requiere demasiado, pero otorga conciencia en tus actividades automáticas.

3. Hacer lo mínimo incluye tener un plan en marcha.

La procrastinación sería nuestro villano. Cuando tienes algo en mente para hacer pero encuentras 100 cosas que reemplazan eso que es más importante. Aquello que es prioridad pareciera un jabón que al momento de ponernos manos a la obra se nos escapa. Con todo en el piso, tomamos lo primero que encontramos y lo empezamos a trabajar. Eso sí que no es hacer lo mínimo.

Tener un plan en marcha es proyectar y atenerse a la estrategia. Es que se caiga el jabón y no parar hasta encontrarlo y volver a tomarlo para seguir con nuestro plan original.

La rigurosidad es necesaria para atenerse a cualquier plan, más aún si estamos empezando.

4.Querer menos es querer más

Entramos en el campo del cliché y nos ponemos la camiseta del minimalismo. O esencialismo, como quieras llamarle.

La cuestión es que para tener más hay que tener menos. Suena contradictorio, pero si recurrimos a las bondades de la palabra no lo será.

Reduciendo las formas de entrada (tener menos), nuestros resultados pueden ser mayores (tener más) con el simple hecho de enfocarnos en la calidad de las cosas.

“Pero estás hablando de cantidad, no de calidad”

En la ley del mínimo esfuerzo, es más importante la calidad que la cantidad. La cantidad de esfuerzo tiene que ser menor para poder enfocarnos con más calidad e intensidad en el tipo de esfuerzo adecuado.

5. Purgar para crecer

Cuando trabajamos en la poda y el mantenimiento en nuestras actividades, vamos perfeccionando el oficio. Como un pequeño Bonsai, existen algunas ramificaciones que podemos percibir (hábitos inútiles, acumulación de cosas sin sentido, actitudes que estorban nuestras prioridades) las cuales podremos ir cortando para permitir que nuestro árbol crezca más sano.

Mantenemos nuestro pequeño bonsai.

A modo de mantenimiento personal, percibir aquellas asperezas a limar resulta complicado por momentos. Tener una actitud proactiva con respecto a la edición mejorará nuestras capacidades de percepción. Generar el hábito de editar todos los días empoderará aquellas prioridades más esenciales y aliviará nuestra carga de trabajo.

Resulta muy fácil abultar nuestra lista de quehaceres con decenas de tareas imposibles porque nos levantamos positivos a las 8 am o la noche anterior proyectamos un día productivo para el día siguiente.

Editar no es otra cosa que limitar.

Incorporar contornos que acoten nuestras actividades nos permitirá fluir de mejor manera en aquellas que resulten más esenciales.

Si tenemos menos cosas, tendremos más espacio.

Si nos preocupamos menos, tendremos más para abarcar de ser necesario.

La escena que te imaginas cuando piensas en el concepto de mínimo esfuerzo tiene que ver con alguien holgazán que no se levanta del sillón y pide comida rápida por teléfono. Aquel que evita hacer algo por el solo hecho de no mover un dedo de su silla o permanecer en un círculo de inactividad que lo lleva al entumecimiento de sus capacidades. Eso no tiene esfuerzo alguno.

La ley del mínimo esfuerzo sirve como disparadora de eficiencia y permanencia dentro de una actividad. Promueve el buen pasar y la ventaja de buscar las maneras adecuadas de hacer las cosas.

Aquel que logra definir un modo de acción para llevar a cabo un plan, ya está poniendo en práctica la ley del menor esfuerzo. Si continuamos con la iniciativa de depurar y mejorar nuestros sistemas, estaremos utilizándola como un verdadero pro.



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