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Escúchalo mientras caminas!

Todo comenzó con un pequeño salto de fe: escribir 200 palabras por día.

Estaba seguro que algo iba a mover la aguja, pero no sabía que tanto.

Desde los diarios adolescentes que uno hace para expresar lo que tiene adentro en esa floreciente edad, las palabras puestas en papel pueden tener un efecto transformador. Después de un tiempo, es muy probable que uno pierda el hábito, aparezcan nuevas distracciones y la expresión comience a pasar por otro lado.

También puede pasar que uno se acartone y aquellas palabras que una vez fueron libres ahora son  gravemente mutiladas y condicionadas por nuestras convicciones, miedos e inseguridades.

Podemos reencontrarnos con esa pequeña piecita de carbón que aún continúa encendida y así lograr reavivar la llama. Necesitamos ir muy de a poco, con pequeñas acciones, una a la vez.

Volviendo a las palabras

A veces uno no sabe que tiene algo adentro que le molesta hasta que intenta expresarlo. A veces eso no es necesariamente malo, pero nos genera ansiedad. A veces reúne una cantidad de mierda desmesurada que merece plasmarse en algún lienzo.

Escribir te permite eso y mucho más.

Cuando nos disponemos a bajar algo al papel (o laptop en este caso) estamos sacando aquello que está dentro nuestro y lo externalizamos para poder observarlo. Este proceso extirpador propone, para empezar, otro punto de vista sobre el tema.

Si tenemos la suficiente sensibilidad y sinceridad, podremos ver lo escrito sin hipocresía y observaremos aquello como algo externo a nosotros.

Cuando tenemos pensamientos que nos acosan, es muy fácil perderse en un loopeo sin fin. Las vueltas sobre alguna sensación desequilibrante con retorno al mismo lugar de partida hace que no se libere la resistencia hacia ella.

Cuando tenemos alguna idea jugosa, confiamos en nuestra memoria y creemos que la retendremos en nuestra cabeza el tiempo suficiente como para hacer algo al respecto. Pero al cabo de un rato la idea desaparece.

Cuando pudimos retener la idea y queremos llevarla a cabo de alguna manera pero aún nos falta planificar, cuestionarnos cosas, identificar medios y herramientas, entre otras cuestiones.

Para todo esto, la escritura puede venir al rescate.

Contando con las características intrínsecas de cristalizar algo etéreo en un soporte, hacer de esto un hábito resulta muy prometedor.

El hábito

Cuando hablo de salto de fe, me refiero a que cuando inicié esta acción desconocía su potencial. Simplemente confié en que algo iba a cambiar.

Conocía las historias que me cuentan acerca de los beneficios de la escritura, pero desconocía cómo esto iba a impactar en mi desempeño como diseñador, amante, entusiasta, viajero o ilustrador.

Cuando uno se propone hacer algo todos los días, se traza una especie de surco por donde pasan tanto ideas como acciones. Poco a poco, uno puede convertir aquello que no tenía relación con la actividad en algo propio de ella, como si fuera un vórtice que todo lo devora.

En el caso de la escritura, hacerla un hábito fue una de las mejores decisiones que pude tomar.

Me gustaría poder expresar con claridad el alcance que logra tener en mi vida.

Escribir es una versión de aquello intangible que tenemos dentro, capaz de ser transferible. Es la base material de cualquier memoria. Es la descodificación de nuestros pensamientos.

Al narrar, ya sea una ilustración, una obra musical, un fragmento matemático, la caída de una hoja, una simple lista de compras o lo que sentimos al ver a nuestros hijos, manifestamos tempranamente nuestras ideas e impresiones. Su naturaleza versátil y absolutamente ligada al lenguaje que nos hace humanos, hace que sea un punto de partida fundamental de expresión y creatividad en disciplinas científicas, artísticas, deportivas y sociales.

Cumplir con un régimen de expresión que permita mantener un ritmo regular de correspondencia entre pensamientos y signos lingüísticos comunes (escritura), hace que tarde o temprano nos encontremos jugando con nuestras ideas en vez de empujándolas forzadamente a salir. Que se formen conceptos nuevos por el solo hecho de empezar a dominar la actividad y pasar a divertirse con las ideas. Generar constancia en la expresividad promueve que nuestros pensamientos se ordenen y de a poco conozcamos los que nos importa, lo que nos mueve y conmueve, lo que deseamos valorar y promulgar ante todo.

Como con cualquier otra disciplina, estar expuesto a la práctica traerá su mejoría, ductilidad y versátil aplicación. En este caso se aplica a los signos lingüísticos, que se usan tanto en la escritura como en el habla.

El porqué de la cuantificación de las palabras

La propuesta es de lograr 200 palabras por día. Parece estricto y acartonado para algo que busca explorar la liberación de la expresividad. Veamos el porqué.

La cuantificación trae control para nuestras cabezas analíticas ávidas por encontrar patrones. El límite propone una suerte de posta que establece un parámetro base para el cumplimiento de la práctica de la actividad. Tranqui! El número es ajustable.

En mi dinámica diaria se acomoda perfecto entre algo absolutamente factible y algo que demanda atención para llevarlo a cabo.

¿Por qué no hacerlo semanal o mensual?

El compromiso que demanda la tarea diaria puede ser bastante tedioso. Tienes algo que no te permite cerrar el día y el incumplimiento te hace un agujero en tu orgullo y estima. Lo entiendo. La tolerancia que podrían tener los hitos semanales puede parecer atractiva, pero la selección de lo poco que debes hacer diariamente le gana al cúmulo del objetivo semanal.

Quizás haya días que quieras pasar de la actividad y se te acumulen para el día siguiente. Quizás acumulaste un par de días inactivos y ya debes hacer algo que no se condice tanto con un hábito y pasa a ser más bien una carga.

La liviandad que propone el objetivo diario hace que sea más fácil de adoptar. De todas maneras,  la clave está en tener consciencia y franqueza sobre el objetivo que se elija. Para mí son 200 palabras, para escritores más apasionados serán 1000 o 2000, para alguien que no tiene mucha relación con la escritura serán 100. Todo vale mientras genere un hábito regular.

Algunas particularidades

Cuando tratamos de abordar alguna disciplina concreta por fuera de sus elementos de acción pueden ocurrir desfasajes en la comunicación.

Si tratamos de comunicar una obra musical con palabras, estaremos bastante lejos de sentir la fidelidad de escucharla, pero estaremos dejando participar otros aspectos del intelecto que pueden resultar en un interesante aporte.

La práctica y regularización de la escritura trae la posibilidad de mezclar otros componentes expresivos como por ejemplo sonidos, dibujos y fotografías, con los naturalmente asignados por disciplina.

La finalidad última de la mejora en la comunicación resulta totalmente cubierta con este simple hábito de practicar el uso de la palabra escrita.

Qué cambió

Hace unos años, ya entrado en mi carrera profesional, noté algo en mí y me convencí a cambiarlo. Mi expresión oral era titubeante, básica y simplista. Desconozco las fuentes exactas pero me animaría a decir que mi falta de lectura y escritura contribuyeron a este tipo de característica.

Pensando un poco sobre esto en ese momento, me resultaba demasiado complicado de modificar. Sentía que era algo para ilustrados, que para hablar con riqueza uno debía consumir una determinada cantidad de libros y artículos con frecuencia. Confiaba en que ya había perdido el tren y que debía aceptarlo.

Un trabajo minucioso empezó a cambiar un poco mi perspectiva.

Empecé a redactar memorias descriptivas de los productos que diseñaba (tengo formación en Diseño Industrial). Sentía que podía mejorar, seguro, pero la imposición de tener que entregarlas obligatoriamente trazó una suerte de matriz que me permitió ver algún tipo de potencial. Todo se produjo a través de la regularidad.

Pasaron varios trabajos prácticos en la universidad y todo siguió más o menos igual. Luego de unos años, empecé a trabajar como diseñador freelance y sabía que necesitaba sobresalir en la comunicación con mis nuevos clientes. Empecé a agudizar el uso de las palabras y a auditarlas en función del receptor.

En ese entonces no me había planteado el hábito diario, pero noté como con cierta regularidad, los mecanismos de articulación se volvieron más aceitados. Desconozco si esto era perceptible por los demás, pero mi sensación empezó a tornarse más confortable. Comencé a sentirme bien trabajando con la comunicación escrita y hablada.

Las palabras empezaron a entrelazarse de manera natural. La practica diaria de la combinación, búsqueda y decisión de palabras a través de la escritura, logró una expresión más fluida en el habla.

El uso de palabras variadas para lograr congeniar un mensaje entendible, para expresar aquello que tienes dentro, para recuperar lo que piensas y que pueda ser expresado en palabras, hace que las conexiones sean más naturales y nutritivas.

Cuando es hora de revisar aquello en lo que crees, que pasa a través de ti y que necesitas exteriorizar, la constante expresión en palabras lo contrasta y permite llevarlo fuera de ti. Esto ya es valioso en sí mismo, más allá de que lo veas sólo lo tú, diez o miles de personas.

Todo aquello que escribas puede ser transformado en otro medio, puede ser llevado a otro plano. Auditivo, plástico, discursivo, sensorial, experimental. Eso es lo maravilloso de la escritura.

Si tenemos algún tipo de rollo con respecto a la creatividad, recomiendo escribir.

Si tenemos dudas o inseguridades con respecto a nosotros mismos, recomiendo escribir.

Si queremos expandir nuestro negocio, recomiendo comenzar a escribir.

Si queremos aprovechar mucho más nuestras experiencias de viajes, recomiendo escribir.

Si queremos formar parte de una sociedad mejor, recomiendo escribir.

Escribir es crear. Ya sea que tengamos que analizar un tema, cumplir con un trabajo, responder a un pedido, acatar una orden o resolver algún conflicto interno, cuando nuestra impronta hacia todo esto tiene que ver con la creación, nuestra alternativas serán siempre más extensas.

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